sábado, 2 de abril de 2011

No digo diferente, digo raro.

Dicen que chocolate para las depresiones, o una tarrina de helado; vinagre para las heridas, dulce azúcar al final. Yo prefiero una tarde con los amigos para las depresiones, o llorar con una película triste para desahogarme. Las heridas que se curen solas, y si no se curan, pues que se las lleve el viento. Un pasillo del supermercado, una amiga, una tableta de chocolate, una frase, una canción de fondo y una lágrima que cae. Cuando te das cuenta de que personas así solo aparecen en tu vida una vez. Cuando te das cuenta de que por mucho que duela, quieres a esa persona, y que tienes que luchar por ella. No mamá, ya no soy esa niña pequeña. Quisiera serlo, de veras, pero ya no puedo. […]
La calle esta desierta, todo la gente esta en el centro ya. Algún señor mayor paseando a su perro y alguna que otra chavala corriendo con los tacones en la mano porque llega tarde. Yo no tengo tacones, ni una minifalda, ni si quiera un vestido. Pero tengo dignidad. Dignidad y cuatro amigas de verdad. Solo cuatro. Pero cuando la amistad es tan intensa, tan fuerte, solo cuatro personas pueden convertirse en un universo entero.  A veces ser raro, o mejor dicho, diferente, no es tan malo.  A veces tiene cosas buenas… Realmente no sé si las tiene ahora o si merecerá la pena, pero las tendrá en un futuro. No sé si cercano o lejano, pero las tendrá.  A saber qué estará haciendo ahora. No te tortures, no pienses. A saber… Como cambia la gente. Pero, cambiar no es malo, ¿no? Yo misma he cambiado… Quizá las personas no cambien siempre con el tiempo, quizá el tiempo nos demuestre como son realmente. El tiempo pasa, y nos damos cuenta de cómo son, y no, a veces no nos gusta. Y hay quien cambia de un día para otro. Se despiertan una mañana y ¡PLAFF! Son otra persona completamente distinta. Estaría bien poder ser una persona cada día. Cambiar de personalidad, de aspecto, de ropa, de carácter, con un simple chasquido de dedos. Hay quienes lo hacen continuamente… 

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