Amaba la filosofía, la difícil de tragar; la música -la del silencio también- que se filtraba por sus oídos; la literatura, las horas perdidas -y ganadas- entre las estanterías del descubrimiento con olor a libro antiguo; los tiempos muertos, el arte puro; los museos, los paseos, las noches de insomnio con un libro cerca, las camas abandonadas; se estaba acostumbrando a los corazones de pasatiempo, a las derrotas que saciaban su vacío; a hacer balance entre logros y catástrofes, a masticar polvo y a desayunar sola; a los lametazos de otros perros, a los abrazos de las noches en vela; a haber ambientado la casa con su dolor, a haberse condenado indefinidamente aún sabiendo que su vida no estaba más que florenciendo; se estaba acostumbrando a la vida (si es comparable) de las flores de ciudad, a los pesticidas para ahuyentar el mal humor, a los plaguicidas para ocultar el dichoso maldeamores y al calor de invernadero para sustituir el calor humano; eso es, las flores siguen siendo flores a base de sustituciones naturales, pero la vida no sabe igual...
jueves, 4 de septiembre de 2014
flores de campo
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Para mí el 2020 ha supuesto un giro en 360º que, por suerte, ha terminado con mis pies en la tierra y mi cabeza alta. El 2020 comenzó con un...
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